Calafate, Argentina – Rutas que me cambiaron para siempre

Hay viajes que se planean y otros que simplemente llegan en el momento exacto, cuando más los necesitás aunque no lo sepas. Para mí, ese viaje fue El Calafate en 2022. El primero después de meses de encierro, protocolos, dudas, barbijos y una sensación extraña de volver a empezar.

Aún con las medidas sanitarias vigentes, me subí a ese avión como quien respira profundo antes de dar un salto al vacío. Me temblaban un poco las manos —no sé si por el miedo o por la emoción—, pero algo adentro mío sabía que estaba haciendo lo correcto: volver a moverme, volver a buscarme.

Cuando soñé el viaje al Perito Moreno

Desde hacía muchos años quería conocer este lugar. Antes de emigrar, viajaba a Argentina por lo menos una vez al año, pero eran viajes sin propósito, sin método, sin una intención clara. Solo sabía que tenía ganas. Pasaba el tiempo, veía fotos, videos, escuchaba historias de otras personas o influencers que habían estado ahí… y yo me imaginaba todo lo que quería vivir: caminar sus pasarelas, sentir el frío real de la Patagonia y, algún día, hacer ese mini–trekking que parecía sacado de otro planeta.

Durante la pandemia —ya viviendo en Argentina— ese sueño siguió intacto. En medio de un momento tan difícil, el Glaciar Perito Moreno se convirtió en un faro: el destino perfecto para volver a disfrutar el mundo después de tanto encierro, tanta incertidumbre y tanto miedo acumulado.

En 2020, algo cambió en mí.
Decidí empezar a trabajar en un nuevo método para viajar de forma más preventiva, más consciente y más alineada a lo que yo realmente quería vivir. Ese método, que comenzó como una búsqueda personal, fue el que más tarde se convertiría en mi propósito: el Travel Wheel.

Y con esa nueva mirada, me animé a cumplir ese sueño pendiente.

Con meses de anticipación, elegí viajar en invierno. Quería vivir el Calafate en su versión más extrema, sentir esa frialdad que corta el aire y que hace que cada paisaje se vea más nítido, más real. Reservé vuelos, hotel, traslados y el tour. Investigé lugares para comer, cosas para hacer en El Calafate, experiencias alternativas (Tengo más artículos que hablan del tema)… pero, aunque planifiqué todo, mi objetivo era uno solo:

Llegar al Perito Moreno. Y cambiar para siempre.

Cuando finalmente lo viví

Llegué a El Calafate una mañana del 8 de agosto de 2023 en el primer vuelo que sale con Aerolíneas Argentinas, casi al final del invierno, pero con un frío que jamás había sentido en Buenos Aires. Ese frío que te despierta, que te avisa que estás entrando a otro mundo.

Y bastó que el piloto dijera: “Bienvenidos al Aeropuerto Internacional de El Calafate” para que algo en mí se activara. El sueño ya era real. Viste, esa sensación que te da. Y ese viaje, sin saberlo, estaba por cambiar mi manera de ver y sentir el mundo.

También puedo decir que fue mi primer viaje siendo creador de contenido, de manera “oficial”, con la intención clara de documentar, contar e inspirar. Me quedé en un hotel maravilloso, el Esplendor by Wyndham , pero en ese momento lo único que quería era que el día pasara rápido.

A la mañana siguiente, a las 6 am, todavía de noche, pasarían a buscarme los guías de Hielo & Aventura para llevarme al glaciar. Tenía un torbellino de emociones: nostalgia, alegría, ilusión, miedo, pasión. Todo mezclado en un viaje de una hora y media hacia un paisaje que ya empezaba a despertarse.

Cuando la luz del día apareció, reveló montañas cubiertas de nieve y valles blancos que parecían de otro planeta,. Ese momento en el que la luz del día se asoma en la Patagonia es indescriptible. De repente, como si la naturaleza prendiera un interruptor, empezaron a aparecer montañas cubiertas de nieve, extensiones infinitas de blanco, y esa sensación profunda de estar en un lugar sagrado.

Al ingresar al Parque Nacional Los Glaciares hicimos una primera parada para registrarnos. Y cuando el bus finalmente estacionó en el refugio, entendí: había llegado el momento. Iba a conocer el Glaciar Perito Moreno. Y además, iba a hacer el minitrekking, algo que soñaba desde hacía años.

Recuerdo que había llevado dron, cámara y equipo para grabar—todo muy básico para aquel entonces—pero apenas bajé vi un cartel enorme que decía NO DRONE.
Fue ese recordatorio perfecto de viajero inexperto que necesitaba: en un área protegida, patrimonio natural, no se puede volar. Así que guardé todo y seguí mi camino.

Busqué las pasarelas, caminé entre la gente, y de pronto… apareció.
La primera pared de hielo frente a mis ojos.

Me detuve.
Quise llorar.
Quise gritar.
Y lo hice.

No todos los paisajes te atraviesan, pero este sí. Este te quiebra algo adentro y te arma distinto.

Caminé los metros infinitos de las pasarelas recorriendo el frente del glaciar y el Lago Argentino. Me dejé llevar por los sonidos: el viento, los pasos, y ese crujido inmenso que anuncia que una parte del glaciar está cediendo.

Aproximadamente son 4 kilómetros de longitud total, y se distribuyen en diferentes circuitos con distintas extensiones, como el circuito accesible (565 metros), el circuito central (600 metros), el circuito del bosque (570 metros), el circuito de la costa (1117 metros) y el circuito inferior (1100 metros). El recorrido completo de los circuitos más extensos puede tomar alrededor de 2 a 3 horas.


Desde la pasarela el Glaciar se ve perfecto, casi pequeño podría asegurar, pero sabés que detrás de ese frente hay kilómetros y kilómetros de hielo, moviéndose lento, respirando, vivo. En total el Glaciar tiene una longitud de 50 kilómetros. Su frente mide unos 5 kilómetros y su área total es de aproximadamente 250 km². Pero te uro estando allí, no parece.

Hasta ese punto, la experiencia ya había sido increíble. Pero todavía faltaba vivirla desde adentro.

El momento del minitrekking con Hielo y Aventura

Después de recorrer las pasarelas, llegó la segunda parte del sueño: caminar sobre el glaciar.
Tomamos nuevamente el bus y bordeamos el Lago Argentino hasta llegar al muelle.

Eran las 12:00 am y recuerdo que ese día había una nevada increíble. No estábamos seguros se daría el Minitrekking. Fue mi primera experiencia con este tipo de temporal. Parecía un niño disfrutando ese momento. Hacía muchísimo frío.

Subimos a la embarcación y, mientras navegamos por el agua turquesa, a través del Brazo Rico del Lago Argentino a 7 km de las pasarelas, el glaciar se hacía cada vez más grande, más imponente, más vivo. Alli ya se comienza a dimensionar la pared de hielo, un escenario que sus ojos jamás olvidarán.

El viento en la cara, el olor a hielo, la vibración del motor… todo se sentía distinto. Era ese tipo de silencio que no hace ruido pero te cambia algo adentro. Yo no dejaba de pensar: ¿Realmente estoy acá? ¿Es esto lo que soñé durante tantos años?

Al bajar en la costa, los guías de Hielo & Aventura nos dieron las instrucciones. Por la nevada teníamos que ir un rato al refugio a prepararnos, recibir una charla y aclimatarnos. Recuerdo el lugar: una casita de madera hermosa, muy de guardabosques. Recuerdo que comí algo, pero el momento no podía dejarlo pasar como creador de contenido. Salí a grabar y a disfrutar de la nieve.

Llegó el momento esperado y junto a los guías caminamos quizá un kilómetro, a orillas del lago a través del bosque magallánico, hasta llegar a la cara sur del glaciar. Nos colocaron los crampones y nos explicaron cómo caminar. Mientras ellos hablaban, las paredes del glaciar no eran lo que había visto desde las pasarelas. Eran gigantes, altísimas, interminables, de un azul que parecía irreal.

Empezamos el ascenso y ese momento —sentir el metal trabarse en el hielo por primera vez— me sigue pareciendo mágico.

Y entonces empezó.

El primer paso sobre el glaciar fue torpe, casi inseguro.
El segundo fue más firme.
Y al tercero ya me sentía parte del paisaje.

El hielo crujía bajo mis pies mientras el viento me despeinaba y yo miraba a mi alrededor tratando de capturar cada detalle: las grietas azul profundo, los pozos de agua transparente, las pequeñas cascadas internas, el sonido metálico del hielo moviéndose dentro del glaciar. Era como caminar dentro de un planeta nuevo.

Había imaginado este momento cientos de veces, pero vivirlo era otra cosa. Ahí entendí por qué el Perito Moreno te cambia: porque te hace sentir pequeño, pero nunca invisible. Te recuerda que estás vivo, que todo se mueve, que todo cambia… incluso vos.

Hubo un instante que todavía guardo como un tesoro: llegamos a un punto del camino donde el guía Luis nos pidió que paremos, en los más alto de un mirador. El grupo quedó en silencio. Solo se escuchaba el viento.

Y yo sentí una certeza enorme:
“Este es el tipo de momentos que quiero vivir para siempre.”

Ese día, sobre ese glaciar, confirmé mi propósito. Apreté el hielo con la mano, miré el cielo, respiré hondo… Y entendí que mi misión era contar historias que te hagan sentir así: presente, vivo, conectada con el mundo.

Al final del recorrido, brindamos con un vaso de whisky con hielo del propio glaciar. Un ritual simbólico, casi poético. Esa mezcla de frío, logro y emoción es algo que todavía, cada tanto, vuelve a mí.

Volví al barco con los pies congelados y el corazón hirviendo.
Volví mirada distinta.

El Glaciar Perito Moreno: el viaje que me enseñó a vivir tres veces

Cuando volví de ese día tan mágico, entendí algo que todavía me acompaña:
no volví del mismo modo en que llegué.

El Calafate y el Perito Moreno me cambiaron la forma de mirar el mundo, pero sobre todo la forma de mirarme a mí mismo. Me hicieron más humano, más atento, más cuidadoso con esos destinos que la naturaleza nos regala y que, muchas veces, damos por sentados. Me enseñaron a moverme con intención, a valorar lo simple, a entender que no se necesita mucho para sentirse vivo… solo estar presente.

Ese viaje se convirtió en mi recordatorio de que la vida no se mide en kilómetros recorridos, sino en las veces que un lugar te transforma.

Porque un viaje —cuando es de verdad—
se vive tres veces:
cuando lo soñás,
cuando lo vivís,
y cuando lo recordás.

Y yo todavía lo vivo cada vez que cierro los ojos y vuelvo a sentir ese viento helado en la cara, ese crujido del hielo bajo mis pies, esa emoción que me atravesó frente a un gigante azul que me enseñó a soltar, a avanzar y a volver a empezar. Cada vez que veo algún video o reseña en TV, digo: Yo estuve allí.

El Perito Moreno no fue solo un destino. Fue un inicio. Fue mi punto de inflexión. Y fue la brújula que confirmó el camino que hoy comparto con vos.

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