Santiago – Viña del Mar – Cordillera de los Andes
Hay viajes que se disfrutan por el destino… y otros que se recuerdan por lo que te obligaron a enfrentar.
Mi viaje a Chile fue exactamente eso. Un salto inesperado, un desafío personal, una prueba silenciosa. Un “viajá solo” que al principio dolió… y que después me transformó. Un viaje que no sabía que estaba preparado para vivir, hasta que me animé a dar el primer paso.
Cuando este viaje empezó a cambiar de forma
Este viaje no empezó como una aventura en solitario. Estaba planificado para hacer con compañía: decisiones compartidas, ideas en dupla, conversaciones sobre qué ver, dónde comer, qué hacer. Hasta que, de un día para otro, la vida dio un giro inesperado y mi acompañante tuvo que cambiar sus planes.
Ahí estaba yo, con los pasajes comprados, la ruta marcada… y un silencio incómodo:
¿Voy igual? ¿Me animo? ¿Y si me aburro? ¿Y si no sé manejarme solo? ¿Y si me da miedo?
A la mayoría de los países he ido, fue acompañado. Nunca me animaba a viajar solo. Siempre tenía esa idea de que un viaje en solitario podía ser triste, aburrido, una especie de vacío incómodo entre destinos.
Pero esta vez era distinto. Tal vez por madurez, tal vez por intuición o quizás por mi método, el Travel Wheel, que ya estaba formando parte de mis decisiones.
Respiré hondo…
y decidí hacerlo igual.
Decidí viajar solo.
Ese fue el primer aprendizaje de este viaje: el miedo no desaparece, pero el coraje crece cuando lo elegís.
Santiago y Viña del Mar: el calentamiento emocional
Santiago me recibió con una mezcla de novedad y nostalgia. Una ciudad vibrante, ordenada, moderna, pero con ese toque de caos que te invita a caminar sin mirar el reloj. Viña del Mar fue el respiro. Un contraste perfecto entre mar, cielo y calma.
Ahí, entre cerros, cafés y atardeceres, entendí algo que nunca había vivido viajando acompañado: el silencio también puede ser compañía. No hay incomodidad, no hay obligación de hablar, no hay que “llenar espacios”. Solo vos, tu mirada, tu yo interno y tu ritmo.
Empecé a disfrutar de estar conmigo mismo, a escucharme, a observar, a sentir curiosidad por cosas que, en grupo, tal vez hubiera pasado por alto.
El objetivo del viaje: llegar a la Cordillera de los Andes
Tenía un objetivo muy claro: subir a la Cordillera Andina, a lo alto del Paso de los Libertadores, ese camino zigzagueante que parece tocar el cielo.
Y fue ahí donde este viaje se convirtió en un antes y un después.
La ruta hacia la cordillera es un viaje dentro del viaje: las montañas gigantes, la altura que te cambia la respiración, el paisaje que parece un cuadro, el silencio de la nieve, la sensación de estar lejos del mundo… pero cerca de vos mismo.
En ese camino entendí otro aprendizaje profundo: que la grandeza de la naturaleza te baja el ego, te acomoda el alma y te recuerda que no tenés que tener todo resuelto para seguir moviéndote.
Ahí, frente a esas montañas inmensas, confirmé que había tomado la decisión correcta.
Que viajar solo no era un Plan B. Era el viaje que necesitaba vivir.
Lo que este viaje me dejó
Viajar solo a Chile me dejó aprendizajes que todavía llevo conmigo y que, de alguna manera, siguen guiando la forma en la que me muevo por el mundo. Descubrí que puedo sostenerme, organizarme y resolver sin depender de nadie más. Que soy capaz de armar un itinerario, tomar decisiones, enfrentar imprevistos y seguir adelante sin tener que compartir la carga. Esa autonomía —que nunca había puesto a prueba del todo— se convirtió en una de las victorias más grandes del viaje.
También entendí que la soledad viajera no es un vacío.
Es una puerta.
Un espacio de descubrimiento donde, en lugar de sentir falta, sentís presencia: la tuya. Aprendí a caminar a mi ritmo, a mirar con otra atención, a escucharme en silencio, a disfrutar mi propia compañía sin prisa ni distracciones. La soledad, en vez de asustarme, me abrió un mundo nuevo.
Otra de las grandes lecciones fue comprender que una decisión difícil puede convertirse en la más liberadora. Ese “viajo igual” que tanto miedo me daba terminó siendo un acto de coraje que me movió de un lugar interno que necesitaba cambiar. A veces, el salto más incierto es el que más te acerca a vos mismo.
La naturaleza también tuvo su parte en esta transformación. La cordillera, el viento frío, los paisajes inmensos… todo eso me devolvió una sensación de vida que hacía tiempo no experimentaba. Hay algo en la fuerza de la naturaleza que te acomoda por dentro, que te recuerda lo esencial, que te invita a respirar más profundo.
Pero quizás lo más importante que me dejó este viaje fue descubrir una versión de mí que no conocía. Una versión más valiente, más silenciosa, más segura, más presente. Una versión que no necesitó compañía para animarse, que no se paralizó ante lo desconocido y que, por primera vez, entendió que viajar solo también puede ser un acto de amor propio.
el viaje que me enseñó a vivir conmigo
Hoy puedo decir que Chile no solo me regaló montañas, mar, colores y paisajes. Me regaló confianza. Me regaló claridad. Me regaló el inicio de una etapa nueva dentro de mi Travel Wheel:
la etapa en la que entendí que viajar acompañado es hermoso… pero viajar solo también es un acto de amor propio.
Porque este viaje también lo viví tres veces:
- cuando pensé que no podía hacerlo,
- cuando lo viví paso a paso,
- y cuando lo recordé sabiendo que me había transformado.
Chile no fue un destino más. Fue un recordatorio. Una ruta que me cambió para siempre.
Un viaje que me enseñó que no estoy solo… me tengo a mí.
